De roadtrip por los Andes

*Por: Laura Restrepo Ortega

Mi Papá y yo nos fuimos de viaje por carretera en busca de aves para fotografiar. Salimos de Medellín, continuando hacia el sur y el Eje Cafetero en los Andes colombianos.

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Subimos al Corredor Polaco en la vieja catedral de Manizales y caminamos por las empinadas calles de la ciudad.

Probamos la comida y entrecerramos los ojos ante el brillante cielo blanco que nublaba la vista de los nevados del Ruíz y Santa Isabel.

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Visitamos el Hotel Tinamú, cerca a Manizales, para fotografiar docenas de especies de aves que visitan el propiedad.

Cerca, El Recinto del Pensamiento ofrece un teleférico que viaja sobre el bosque, cebaderos de colibríes y su propio Café Juan Valdez.

RoadTrip story 6RoadTrip story 5Continuamos el viaje hacia Pereira y visitamos el Hostel The Secret Garden, ubicado en el filo de una montaña con vistas del río Chinchiná.RoadTrip story 14RoadTrip story 2 RoadTrip story 3   Visitamos los termales de San Vicente, la Casa de la Cultura (y claro, la comida callejera) de Marsella y después comenzamos nuestro regreso hacia el norte y a Medellín.RoadTrip story 7  RoadTrip story 9Al final nos dejamos llevar por las curvas de la carretera por horas, parando a comprar queso de cabra y a ver el río Cauca desde Pipintá.RoadTrip story 11 RoadTrip story 13

*Escritora, fotógrafa, traductora y viajera Colombiana. Realiza viajes guiados por la costa colombiana.www.restrepoortega.com Puedes seguirla aquí

Medellín, ¿Qué vas a hacer con tantas bicicletas?

Medellín, ¿Qué vas a hacer con tantas bicicletas?

*Por: Carolina Chavate

Que el área metropolitana, que la calidad del aire, que los pulmones verdes, el cambio climático, que la construcción y su destrución, el espacio público, la Infraestructura, los Parques del río, la deforestación y su reforestación, el Río Medellín y el urbanismo, son las palabras que vuelan en el aire de Medellín porque están en boca de todo el mundo.

Podría comenzar este texto cuestionando “Querido Medellín, ¿vale la pena la tala de más 600 árboles?”. O, Señor alcalde, “¿Por qué no destina los recursos de todos en reforestación y protección de humedales a lo largo de toda la cuenca de nuestro río?”. Podría también, hablar del derecho a la ciudad y del eufemismo tras las palabras espacio público que estos proyectos llevan como bandera. Pero el caso es que más reversa tiene un avión y los proyectos tipo Parques del Río, están sobre la marcha como un animal salvaje, aunque los ciudadanos sigan incrédulos y en desacuerdo.

La idea de progreso que esta sociedad me ha dado es que llega una edad o un nivel de desarrollo profesional en la que “tenés que tener un carro”. El punto es que crecí, me gradúe, trabajé, seguí estudiando, me volví a graduar y ahora,  sueño con tener una bicicleta eléctrica. Según cifras oficiales en Medellín hay más de un millón cien mil (1’100.000) carros y motos… eso es mucho. La mitad de la población tiene mínimo un carro o una moto, ¡la mitad!… el progreso, ¿cierto?

Vía pinterest

Vía pinterest

Honestamente, nunca he soñado con tener un carro, soy usuaria del transporte público y con todas las dificultades y riesgos que ello implica, me transporto de manera alterna en bicicleta hace más de un año. Eso no me da un nivel de superioridad moral o me hace pertenecer a una secta urbana superdesarrollada, pero me genera satisfacción, no sólo porque andar en bicicleta es divertido, produce placer y bienestar corporal sino porque de alguna manera siento que le aporto algo a la ciudad.

“Un carro menos”, dicen algunos…

Hace dos años una persona que amé murió a bordo de su bicicleta. No podría decir si “se mató en la bicicleta” o fue un accidente y “lo mató un camión”, con algún culpable. Sólo sé que a muchos nos dolió porque era una persona que ardía la vida con tantas ganas. Hoy en su memoria cuelga suspendida  en la copa de un árbol, una bicicleta. Justo antes de llegar a Almacentro, si uno mira, hacía arriba la ve ahí, flotando como un fruto del árbol o como si a un avión se le hubieran abierto los compartimientos mientras volaba y la bicicleta  hubiera quedado anclada al árbol.

Bici Francisco Gaviria, Pacho.

Bici Francisco Gaviria, Pacho.

Por esos días comenzaron a instalarse bicicletas blancas o bicicletas fantasma, en algunos sitios de la ciudad para no olvidar a los ciclistas muertos en la vía. Algo que no sabía es que, es un símbolo que se usa internacionalmente. Muchas se las han robado, pero desde ese día he prestado más atención y he visto como el movimiento de las bicicletas ha evolucionado de manera responsable y colectiva; y sigue creciendo quizá por lo maravilloso que es andar en bicicleta… no es un cliché, es verificable, “hágalo usted mismo”.

Es increíble, el poco tiempo que te toma llegar a tu destino. Las distancias parecen acortarse y uno se pregunta, mientras pedalea, si las situaciones, actividades y tamaños de la ciudad se han ido desajustando a la dimensión humana. Antes solíamos tenerlo todo cerca para poder ir caminando a la velocidad de nuestros pensamientos.

Es increíble, ver como dejás atrás carros que se quedan estancados entre otros miles de carros y ruido. La caricatura de toda la neurosis de nuestra sociedad se podría resumir en el ruido precoz que produce un semáforo en amarillo.

Siempre que estoy en movimiento pienso “no puedo creer que mis piernas puedan hacer esto”. Entre lomas, pavimentos agrietados, y una carencia negligente de ciclorutas, uno se desliza por las calles recibiendo ciertas recompensas, por ejemplo: el premio que te da una loma, es el vértigo del descenso. Se pueden ver, oír, sentir todas las cosas de las que está hecha la ciudad. También se puede razonar con detalle y atención lo que sucede adentro y alrededor, en mi caso tengo un editor mental que se activa en la bicicleta y me inspiro y escribo, mientras navego en mi burrita.

Pero una de las mejores recompensas que te puede dar el movimiento de la bicicleta, es sentir que no estás solo, cada día somos más, nos miramos en los cruces de un semáforo con cierta complicidad positiva. Mujeres y hombres de todas las edades, en ropa deportiva o de oficina, en todoterreno, plegables, eléctricas, de alta gama, baratas, costosas y de todos los colores. A todos les hago la misma pregunta: ¿Te sentís respetado? E increíblemente casi todos me responden algo similar “Cada vez más”.

Foto de la cuenta de Instagram @zateliteoficial artista y activista del ciclimo urbano enMedellín.

Foto de la cuenta de Instagram @zateliteoficial artista y activista del ciclimo urbano enMedellín.

A velocidades más altas, como las de un carro, nuestra capacidad de captar belleza, de reflexionar sobre lo importante y nuestra curiosidad se atrofian, y ya no se pueden ver más que estorbos y oír más que ruidos. No nos inventamos el carro para poder llegar más lejos, nos inventamos las distancias, para poder usar esa máquina que nos aisla a unos de otros. Ahora que todo es más lejos y que por eso necesitamos la velocidad nos dicen que la solución acabará con la expansión de las vías, con más carriles, carriles subterráneos, carriles aéreos, carriles por todas partes. Y eso, lo único que significa es más y más carros. Ahora, quien compra carro, compra carro nuevo. Yo misma disfruté durante toda la universidad de transportarme en el carro de mi mamá de Envigado a Bolivariana diariamente. Era un lujo, y era costoso. Ya no me lo doy.

Lo gracioso es que con estos tacos ya ni los carros tienen velocidad, pero nuestras vidas siguen reduciéndose a lo mismo: cumplir con una agenda de ciudadano normal, que consiste en ir y volver. Y mientras tanto más y más bicicletas… Medellín, ¿Qué vas a hacer con tantas bicicletas? ¿Llegará el día en que el metro les de un vagón?

Por eso quiero finalizar diciéndonos: conductor, si amás lamerte las calles  con las ruedas de tu moto, carro o bus, amá más el movimiento en sí mismo que a la velocidad, recordá que hay seres vivos transitando el mismo espacio que vos y que estás abordo de una máquina que puede hacer mucho daño. Ciclista, cada vez somos más, un ciclista los representa a todos, y si sentís que en algún punto le estás aportando algo al mundo, andá con cuidado y responsabilidad, también hay normas que respetar.

Vía pinterest

Vía pinterest

*Escritora freelance y contadora de historias. Web editor de El tour de la calle. Escribe en www.carolinachavate.com

Una cita de ficción

Pasajeros de bus por Saúl Álvarez

Pasajeros de bus por Saúl Alvaréz

*Por Saúl Álvarez Lara

 El correo llegó con hora, lugar y condiciones definidas. Hubiera podido no responderlo o negarme a asistir pero no encontré excusa para hacerlo, entonces acepté el día: jueves; la hora: tres de la tarde; y acepté también la condición de narrarlo todo y publicarlo aquí, en estas páginas o donde pueda, aunque, agregó el remitente en la nota, como sabemos que a usted no le publican nada en ninguna parte, nadie se va a enterar de nuestro encuentro.

El jueves a las dos de la tarde cuando salí de mi casa bajo un sol de verano y un calor como para estar en la playa y no en bus rumbo al metro, me arrepentí de haber aceptado, sin embargo ya no había reversa posible.

El calor en el metro era aún más insoportable por los apretujones y los humores. Pisé a una señora bajita, redonda y ella me devolvió el pisón con un codazo al hígado y un empujón que me lanzó contra un hombre en camiseta. El hombre no me determinó y para evitar otras circunstancias iguales me quedé a su lado hasta la estación Berrío, donde debía bajar.

Tres pisos debajo del viaducto del metro está el parque de Berrío. El remitente me espera treinta y cinco minutos más tarde a unas cinco cuadras de distancia. Pensé que era tiempo suficiente y caminé entre la gente que habita el Parque. La mujer bajita y redonda, ahora caigo en la cuenta de que lleva un vestido florido, va unos metros adelante como si se hubiera propuesto abrirme paso entre la gente.

El Parque es punto de venta y de encuentro, hay vendedores de minutos, uno puede comprar cuantos quiera para vivirlos o conversarlos; vendedores de confites, de libros piratas, de cachivaches, de horóscopos; hay músicos, serenateros a la espera de clientes con necesidad de encontrar algún amor traspapelado. También hay palomas y caca de palomas por todos los rincones del parque que no es tanto un parque, parece más bien, una plaza. Una Plaza con iglesia, banco, estación de metro encima y edificios de oficinas en los cuatro costados.

En una esquina, minimizada por la enormidad del viaducto, el “Torso de mujer”, la “gorda” de Botero, sirve de punto de referencia para convenir citas, ver pasar gente, negociar desempates y acelerar reencuentros.

Para llegar al lugar de la cita hay que pasar por la esquina nororiental del Parque, Plaza, hacia la calle Boyacá. En otras épocas paso de burgueses dueños de negocios o habitantes de las casas alrededor del parque. Hoy, los cien metros hasta el final de la calle son un mercado a ras de piso o en mesas de campaña. Hay de todo en el «agáchese» de la calle Boyacá: lentes de aumento, chontaduros, libros piratas, maquillaje traído de China; los vídeos pornográficos ocupan buena parte del espacio y sus vendedores tienen la agilidad para hacerlos desaparecer cuando los “campaneros”, anuncian la cercanía de la policía. Después viene el cruce de Junín con La Playa que, de esa esquina hacia el occidente, cuatrocientos metros, se llama avenida Primero de Mayo. En el cruce, en la misma esquina donde en 1924 el arquitecto belga Agustin Govaerts construyó el Hotel Europa y el Teatro Junín, está desde 1968 el Edificio Coltejer.

La mujer bajita y redonda me abrió paso entre el gentío hasta el cruce entre Junín y La Playa donde la perdí de vista. Desde allí hasta el lugar de la cita hay un recorrido de dos calles y media por la Avenida La Playa, rumbo al oriente. La gente se atropella y las aceras parecen estrechas, también hay vendedores. Cualquiera, quizá la mujer bajita y redonda, diría que el «agáchese» se extiende a todo el centro.

Frente a casinos de puerta abierta con máquinas de la fortuna a la vista, vi señoras que venden productos de limpieza, señores y muchachos que van de lado a lado con carteles donde anuncian el «minuto a $ 200 pesos». ¿Cuántos tengo que comprar para durar cien años? le pregunté a un muchacho bajito pero delgado, de ojos volados y vestido con camisa de flores, como la mujer, que me miró de arriba abajo, como jugando ping-pong, sin saber hacer el cálculo. Tuve la sensación de que el tiempo valía bien poco. De doscientos pesos ya sólo quedan monedas y quizá los minutos que estas gentes venden.

Cuando por fin llegué al lugar de la cita, eran las tres en punto.

La casa Barrientos es un respiro en medio del calor, el ruido y la asfixia del centro. Fue construida a finales del siglo XIX pero ocupada por la familia que le dio nombre entre 1924 y 1983. En el 2003 el Municipio la recibió y se comprometió a devolverla restaurada y lista para instalar en ella un Centro de Lectura. Durante esos veinte años de vacío, porque no había herederos, la casa fue hotel de paso, guardadero de carretas y carretillas, basurero y escondite de habitantes de calle y drogadictos.

Sabía con quién me iba a encontrar pero no lo había visto nunca y como no tuve oportunidad de decirle que iría vestido con camisa del rojo meteorito que todos conocemos, me encontré allí a la espera de alguien que sabía quién era yo y tampoco me conocía. Entonces sucedió algo inesperado, en una mesa de la cafetería había un conocido, escritor, que me vio al mismo tiempo que yo a él y me saludó sin sorpresa, como si me hubiera estado esperando. Hablamos de proyectos, de viajes, de ficciones, el lugar era ideal para mezclar ficción y no-ficción, entrar en una para salir por la otra y convertirnos en narradores y personajes a la vez. Le conté la historia del personaje que cumple una cita sin saber a quién se la cumple y él mencionó a un hombre que hablando para sí, sólo se dijo mentiras.

Pasaron dos buenas horas y nadie vino a cumplir la cita. Cuando dejé al escritor comenzaba a oscurecer, pensé que había sido él quien había pactado el encuentro y aunque lo insinué en alguna de nuestras salidas de la ficción, no se dio por enterado.

Regresé al metro por el mismo camino, la gente no había cambiado pero había más, más vendedores de minutos, de chucherías, de zapatos y camisas chinas; había más vendedores de vídeos pornográficos y de cartas postales y de cuadernos y de botones y de jugos y de comida. Había más ruido y las luces titilantes parecían aumentarlo. En medio del gentío, una mujer flaca y alta, de nariz corta y ojos pegados, coronada por una peluca amarilla, me obligó a recibir una tarjeta que, creí, era la imagen de un santo, pero resultó ser un mensaje del remitente que incumplió la cita. La mujer lo dijo y se hizo a un lado para dejarme pasar. Con la necesidad de ver el nombre y el mensaje del remitente incumplido en un lugar donde hubiera luz, aceleré el paso para llegar al metro, subí los escalones en trancos de a dos. El andén estaba hasta el tope de pasajeros, el tren entraba en la estación, busqué un lugar cerca de una lámpara entre la gente y sin quererlo estrujé los senos enormes de la señora bajita y redonda con vestido de flores cuando la masa de cuerpos nos empujó hacia el vagón con puertas abiertas. Ella disimuló el dolor en su pecho desmesurado pero tuvo fuerzas para asestarme el usual golpe en el hígado que esta vez hizo volar la tarjeta con el mensaje por la fisura entre la puerta de entrada al vagón, donde quedamos apretujados, y la plataforma de la estación.

*© Saúl Álvarez Lara es un callejero ejemplar de Medellín, un testigo Urbano que practica el presente, pues de otra manera no sería capaz de recrear en sus letras fotogramas fieles y cotidianos de la ciudad.

“Una cita de ficción” hace parte del libro Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias que pronto estará en todas partes.

Diario visual de un año en Barcelona: cómo ilustrar una ciudad

Hubo días que mi mano era incapaz de hacer algo “lindo” pero trataban de narrar mis días…
27 28 30 29 31Otros días mi mano estuvo más inspirada y me dejó contenta.
32 33 35 Mi vida en Barcelona,
una vida prestada,
una vida diferente e irrepetible34 25 26 24 Un año largo y corto,
un año sufrido y disfrutado,
un año lindo en una ciudad de postal22 20 17 18 10 11 Nada que ver con estos garabatos,
pero los garabatos hablan y es bueno escucharlos12 13 Recordarlos o tratar de adivinar que están diciendo.14 15 9 5 4 3 0
*Alejandra Gomez Calle tiene el mágico poder de crear tormentas en vasos de agua, y en medio del caos se la pasa ilustrando. Es diseñadora gráfica e ilustradora. Dedica gran parte de su tiempo a experimentar y buscar nuevos lenguajes y técnicas gráficas y ve el diseño como un estilo y motivo de vida.  Conoce su trabajo en www.mardeenredos.com

La vida en el semáforo

*Por: Hernán Carvajal 

Mientras ando por las calles me dejo seducir por la magia que hay en estos personajes, algunos más expertos que otros en lo que hacen, pero, al fin y al cabo, personajes de la calle que “adornan” los semáforos como si de algún circo nómada se tratara. 11030260_10153662313484838_503338473_o11033637_10153682047709838_876533559_o11064560_10153662314564838_2128857948_oCada uno posiblemente carga detrás de sus maniobras y sus ventas, una historia que lo ha llevado a buscar su supervivencia, en los pocos segundos que le regala un semáforo en rojo, tratando de entretener un poco o vender sus cosas, por unas cuantas monedas, a quienes van recorriendo la ciudad.

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La vida en el semáforo surgió del amor por la calle, del amor por el arte, del amor por plasmar en imágenes para la eternidad, esos personajes que para muchos, hacen parte de sus vidas solo por unos pocos segundos, pero que al fin y al cabo, es la realidad cotidiana que envuelve la ciudad.

11030640_10153662314854838_438840622_o 11025102_10153662314294838_1751224569_o

11032154_10153662315024838_132493629_oEl 99 % de las fotos son desde mi carro, es una carrera de tiempo porque solo tengo los segundos que me da el semáforo en rojo para hacerlo, tengo el mismo tiempo que tienen ellos para hacer su acto u ofrecer sus productos.

11065035_10153662313474838_656412034_o 11074109_10153662313879838_715004362_o

Son 30 o 40 segundos de un placer que comienza con tirar mi mano hacia atrás para buscar la cámara y obturar en el instante exacto.

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11069565_10153662312524838_926101553_oAdemás, tengo que estár pendiente del acelerador, de los cambios del carro, del volante, del ISO de la cámara, del diafragma, de la velocidad de obturación, del momento en que el personaje esté en su mejor “pose”. 11068828_10153662509444838_951409839_n

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Me excita tener todo eso junto y poder lograr la foto. Luego están esas ansias de saber, una vez cambie el semáforo,  cual de todos los disparos fue el más acertado.

11070478_10153662314954838_215166044_o (1)*Hernán Carvajal, es un fotógrafo móvil. Hace 6 años aprovecha la noche y el movimiento a su favor pues son los elementos que le inyectan el vértigo necesario para lograr el enfoque de sus fotografías.  Aparte de capturar lo efímero, se mantiene en contacto con seres de otro planeta pues Hernán es microbiologo. Al imaginarlo sentado frente a un microscopio es fácil concluir porque él es capaz de ver, lo que otros no ven.  Puedes seguir su trabajo en instagram @hcarvajalr

Instantáneas del centro de Medellín

*Por: María Paula Rubiano
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Dar vueltas en el centro es como girar un caleidoscopio.

Cambiar el mosaico, doblar las esquinas y ver;

mezclarse con lo inmezclable,

perfumes, libros y pornografía en un callejón aledaño a una iglesia,

unas pirámides enfermas y una playa con el agua subterránea.

Como el cilindro de paredes internas cubiertas de espejos,

el centro contiene la maravilla en una plazuela de putas y jubilados,

de embolador de zapatos y molinillo multicolor.

El centro es un juguete que en lugar de infinitas composiciones de vidrios policromados,

tiene infinitas combinaciones de asfalto y fruta,

cigarro y chance,

movimiento y luz.

55022_10150128019531258_8375252_oCultive vicios.

Mirar hacia arriba, por ejemplo.

Descubra calzones ondeando detrás de una ventana abierta,

selvas embalconadas,

una mansión para palomas en lo alto de un árbol urbano.

A veces el vicio solo deja tortícolis.

A veces, en cambio,

después de una foto y un revelado,

mirar hacia arriba regala arco iris involuntarios.

*Escritora y periodista de Medellín. Ella escribe, y  lo hace muy bien, escribe aunque la foto salga movida, pues sabe que lo importante a veces está fuera del encuadre.

¿Qué es exactamente lo que puede decir la fotografía de alguien que nosotros no? las caras de las calles de Medellín

Por: carolinachavate

*Fotografías: Diego Robledo Tiburón

Cuando caminamos por la calle día tras día y nos miramos unos a otros, jugamos a adivinar la vida de los demás; su origen, su pasado, sus amores y tormentos, sus secretos, su rutina, el color de su ropa interior, su casa y profesión. En la era en que andamos con telefonos a todas partes, tomar fotos de la gente en la calle se ha vuelto una actividad casi instintiva, hasta cierto punto banal, hasta cierto punto necesaria.

Tomamos fotos a desconocidos, a todo aquel que se mueva, a todo aquel que este vivo. Tomamos fotos que no alcanzan a ser retratos, porque cuanto más extraño nos parezca el sujeto a fotografiar, mejor, más exótica nuestra foto que tendrá de autenticidad los minutos de vida que nuestro timeline le de. Pero, ¿puede una foto decir algo, siquiera un fragmento verdadero de nosotros o somos demasiado para eso? ¿Qué es exactamente lo que puede decir la fotografía de alguien que nosotros no?

Diego Robledo Tiburón es un fotógrafo vieja guardia de Medellín lleva 20 años en este oficio, pero 10 años creyéndoselo, es decir, haciéndo de la cámara una extensión de su cuerpo, una psicoarma. Aunque es un defensor de lo digital, no puede hablar de sí mismo sin recordar cómo comenzó con la cámara formato medio análoga, el exposímetro manual, los cálculos que más parecían un conjuro al azar en el que no se sabía cómo quedaba la foto sino hasta el ritual del revelado.

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El trapo, descontextualizar el espacio público

Desde hace 8 años, Diego comenzó con esta idea de El trapo, un set de fotografía , improvisado en cualquier lugar del espacio público. La calle, una esquina, un concierto, un parque, las afueras de un museo, basta un fondo de tela negra, con luces y todo está listo para empezar a fotografíar a la pluralidad de personajes del común, los transeúntes, vendedores ambulantes y hasta mascotas. Lo único importante es que la persona a retratar quiera pararse frente a la cámara y esté dispuesto, aunque en principio sienta verguenza por estar posando para el lente de un desconocido, a develar algo de sí, a entregar al menos la mirada.

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“¿Ese soy yo?”, “hágame más fotos”, “nunca me habían tomado una foto así”. Quienes se dejan fotografíar en El trapo, encuentran en sus retratos algo real, un reflejo fiel de lo que son: pasajeros en tránsito.

Con una imagen intentamos aferrarnos a lo que es efímero y está más allá de nuestro alcance: el mundo en toda su inmensidad y a nosotros girando en él. Para Diego, el gusto personal por hacer retrato nace de ese vértigo que se siente al enfrentar un reto. El retrato, trae consigo la responsabilidad de lo estético, de encontrar la belleza en el caos, en lo espontanéo, en el mugre, en lo asímetrico.

Lo más díficil es romper el hielo, por eso la conversación es fundamental para encontrar el punto de la empatía con el personaje, poder aflorar su belleza y agudizar sus rasgos. “¿De quién sos hincha?”, “¿Vivís por acá cerca?”, “Pose como quiera, que usted sí sabe como quiere salir en la foto”, “¿Sos marica? bueno entonces párese pues, como le gusta verse en el espejo” e inmediatamente presiona el obturador, la cámara parpadea y el objetivo de Diego se da por cumplido.

Tiburón, no retrata a la gente en su entorno, sino en un set callejero, generando ese efecto de curiosidad en la gente que pasa y se acerca, hasta que se paran ahí en frente no muy seguros de querer entregarle su esencia a un desconocido.

La gente va hacía él y el lugar siempre se llena, en dos horas puede lograr hasta 100 retratos. Su único truco es agotar su objetivo en el instante mismo en que el dedo obtura. Es el querer hacer lo que lo mueve a retratar las caras de la calle.

Nunca le han pagado por hacer El trapo, y salvo una excepción, nunca imprime las fotos. Aunque se dice que la cámara lo cree todo, estos retratos logran más que una pose, trascienden la ingenudad del ojo artificial pues detrás de él hay alguien con una intención, un ojo al que no se puede engañar. El trapo es un pequeño espejo negro, de lo que se mueve en las calles de la ciudad.

* Talentoso fotógrafo de Medellín, callejero, cazador de la belleza en la pornomisería y docente de la fundación universitaria Bellas Artes de Medellín.
Más de su trabajo en https://diegorobledotiburon.wordpress.com/